¡Hola de nuevo, queridos lectores! En esta ocasión ha sido más larga la espera; pero por fin estoy otra vez por aquí. ¡Otra vez!, pero esta vez no hay reseñas, ni promociones, ni fuegos artificiales. Simplemente una reflexión, sobre hacia dónde estamos yendo como sociedad.

Parecía que 2025 iba a ser, ¡El gran año! Pero, lejos de toda expectativa, la realidad fue mucho más dura.

Pues, de vuelta al frío invierno, entre abundantes lluvias y una interminable burocracia, mis proyectos más personales no terminaban de arrancar. Pero lo peor estaba por venir…

Pues, a mitad de año, una noticia desgarradora sobre la salud de mi adorable mascota nos rompía por dentro. Debíamos dejar atrás, todos nuestros proyectos, cambiar rutinas y prestarle una especial atención.

¡Mi perrito viejito, estaba enfermo del corazón! Así que los largos paseos por la playa se convirtieron en una vertiginosa rutina de visitas al veterinario, abundantes paseos por el parque, y administración de la medicación.

A pesar de todos esos cambios repentinos, parecía que todo iba bien, el diagnóstico permanecía estable y la medicación le sentaba bien. Pero de pronto, en nochebuena, volvió a pasar, los paseos vespertinos volvieron a convertirse en una carrera hasta el veterinario. Parecía que quería pasar junto a nosotros, ¡Su última navidad!

Pues, finalmente, después de reyes, se fue.

Así que supongo que ahora, puestos en contexto, entenderéis porqué esta entrada, no es una entrada alegre, ni mucho menos esperanzadora. Es la entrada de blog de una persona que acaba de perder a un miembro muy importante de su familia. Un miembro muy especial, que me acompañó en mis peores momentos. El me sacó del sofá, me devolvió la alegría, y ahora… ¡Ya no está!

¡Es como si me hubieran arrancado el alma de cuajo! Y de alma, precisamente, es de lo que vengo a hablaros. Pues, no hace mucho, en un curso de IA, todos los asistente coincidimos en una amarga conclusión. «Las creaciones actuales ya no tienen alma».

Porque están encapsuladas, en rígidos patrones estéticos, en los que los libros se convierten en un producto banal. Un producto en el que se valora más la forma que el fondo. En el que priman más las portadas bonitas y las extensas trilogías; que el alma de la historia.

Lejos quedaron los grandes escritores clásicos de la generación del veintisiete, o los grandes clásicos greco-romanos, que nos acercan a una Europa floreciente que ya no existe.

Muchos quedaban desterrados en el exilio, pero desde su retiro, ¡Eran libres!

Ahora ya no existe la libertad de expresión. Por eso la gente ya no lee a los grandes escritores del pasado. Porque bajo el manto del desamparo que siempre ha sufrido la profesión de escritor. Se ha creado un ambiente tóxico; en el que los de mi generación todavía éramos libres. ¡Éramos autodidactas! Y nuestra escuela eran los talleres que se impartían en las librerías; que, hoy en día, también están en peligro de extinción.

Pero la posterior generación utilizó las nuevas tecnologías para crear una comundidad, en la que todos los escritores se enfrentaban a la lupa de exigentes «Booktubers» y «críticos literarios de bolsillo». Que ni siquiera disponen de estudios superiores que acrediten su «profesionalidad».

Y así fue como los libros con alma, con mensaje, con aprendizaje implícito de crecimiento personal; pasaron a ser sustituidos por esperpénticos volúmenes con todas las portadas cortadas con el mismo patrón. Igual que las historias que contienen. En las que, salirse del patrón, puede ser motivo de un destierro literario que no entiende de fronteras geográficas, porque internet ha eliminado todos los límites.

Límites que a menudo se nos olvida, que son muy saludables. Pues son la llave a la libertad de expresión.

Por tanto, desde aquí les invito a reflexionar sobre el tema. Ustedes, ¿Qué prefieren, libros con alma, cuya esencia es capaz de llegar a nuestros corazones; o portadas bonitas, que contienen clichés establecidos por «la comunidad», de los que es difícil escapar?

Mientras la libertad de expresión se restaura, yo lo tengo claro. ¡No me conformo con una mala crítica de alguien que ni siquiera tiene estudios superiores!

¡Mi experiencia vital me abala! Y corrobora la afirmación de que, «Para poder escribir buenas historias; primero… hay que vivir!